ETERNO RETORNO

Estas historias son como lanitas sueltas que la nona va ovillando en un bollito y una vez que adquiere volumen, las va desovillando para hacer algo con todas como si fueran una sola cosa. Así son estas narraciones, dichos, frases sueltas, conjeturas patinadas por una memoria tenue que -a veces- toman forma en la mano de quien las intenta reunir.

jueves, 15 de febrero de 2018

Tres suspiros

Cierto día el rey de Mondongolia recibió en su corte al sabio Sofío, que iba de comarca en comarca conversando con la gente, haciéndoles preguntas y dando respuestas de lo más asombrosas a las cuestiones que se le planteaban.
Una vez cumplidos los protocolos, el rey le espetó sin mediar introducción:
- Dicen que eres un hombre muy sabio. ¿Qué dices tú a esto?
- Que eso demuestra la gran ignorancia de la gente -afirmó el sabio. Los cortesanos, que estaban atentos a las palabras, murmuraron por lo bajo.
- Vaya respuesta -dijo el rey rascándose la barbilla y lanzando un suspiro- tiene su lógica. Y continuó: - Tengo algunas dudas que quizás me ayudes a esclarecer.
El sabio se quedó en silencio.
- Por medio de tus conversaciones con gente de mi pueblo has debido formarte opinión sobre si soy un rey querido u odiado.
- Así es -respondió el sabio.
- ¿Y a qué conclusión arribaste sobre esto? - preguntó por fin el rey.
Sofío meditó la respuesta un segundo sin apartar la mirada de los ojos del rey.
- Que es un pueblo un poco extraño. Te aman cuando los castigas y te odian cuando los beneficias.
- ¡Oye, que no somos argentinos aquí en Mondongolia! -exclamó ruidosamente el rey en medio de una carcajada. Los cortesanos rieron nerviosamente.
- ¿Sabes? -continuó el rey mientras se apagaban las últimas risotadas de los cortesanos-. Nuestros augures dicen que moriré cuando suspire tres veces en la misma conversación -dijo el rey en medio de un suspiro cuando una sombra de preocupación veló su rostro.
Sin aportar una respuesta, el sabio Sofío devolvió al rey esta pregunta:
- ¿Y tú que crees, gran rey?
- Que debes irte de inmediato, ya he suspirado dos veces y, el cielo no lo permita, podría ser que... -replicó nervioso el rey.
- ¿Acaso el poderoso rey de Mondongolia cree que la palabra de unos reventados augures conlleva un irremediable conjuro? ¿O que tres simples suspiros pueden matar a un rey? -exclamó el sabio levantando la voz para que todos pudieran oír. Los cortesanos destilaban nerviosismo, unos reían histéricos otros maldecían al sabio y algunos continuaban murmurando.
- ¡Vete de aquí inmediatamente! -exigió el rey poniéndose de pie y señalando la puerta.
- Lo haré, majestad, aunque le sugiero que rumie su condición de atemorizado por simples palabras de humanos -afirmó el sabio dando media vuelta hacia la lujosa puerta.
Al ver que Sofío se retiraba, el rey pareció relajarse y se dejó caer en el trono lanzando un ruidoso y profundo suspiro. La corte, que estaba revolucionada, se sumió en un silencio helado. Algunos codeaban a los vecinos y revoleaban los ojos para los costados.
El rey quedó petrificado un instante con los ojos abiertos de par en par. Al cabo de unos interminables segundos pestañeó y con un profundo suspiro ordenó a sus guardias:
- Permitan al sabio Sofío recorrer todo el reino conversando con mis súbditos si así lo quiere. Que no le falten buena comida ni buen techo ni buenas fiestas -y volvió a suspirar, esta vez con una amplia sonrisa.

Los cortesanos, un poco desilusionados, volvieron a sus adulaciones y zalamerías, sin mencionar la cuestión. Como sucede siempre con los viven la vida como espectadores de la de los demás.


Más (y mucho más interesantes) Historias de suspiros en Matices


miércoles, 31 de enero de 2018

Cuentos ante el fuego

Los sábados de invierno, mientras los padres miraban en la tele un programa de engominados tangueros lastimosos con aires de próceres, el abuelo nos reunía cerca del hogar a leña, una vez que hubo preparado un par de troncos gruesos, algunas ramas y encendido el chamizo hasta que las primeras brasas refulgían rojizas y triunfantes.
Clara, mi hermana mayor, era la que elegía el tema de lectura o de cuento del abuelo. Inés y Paquito opinaban como voces menores. Y yo, yo... bueno, siendo el menor asumía el rol de un observador con buen palco de esa escena que no por repetida dejaba de ensoñarnos.
Cuando cesaban los chisporroteos que semejaban fuegos de artificio de dos mangos, comenzaba el rito. El abuelo empezaba a leer -o a contar, si le pedíamos- con su voz grave y untuosa, que caía sobre nosotros como esas telas sedosas que uno apoya sobre el respaldo de un sillón y se deslizan sobre sí mismas desde un borde dejándose fluir con elegancia.
Cuentos inocentes, cuentos pícaros, cuentos de terror, de aventuras, de viajes fantásticos y gigantones prepotentes iban fertilizando nuestra imaginación. Cuentos que, como jugada maestra y a la vez graciosa del abuelo, no debíamos mencionar a nuestros padres.
Un sábado, Clara fue invitada a un cumpleaños de quince y aunque nos aguijoneó su ausencia no sospechábamos que ya no se sentaría a escuchar los cuentos ante el fuego. Con los años, Inés y Paquito hicieron lo mismo. Y aunque yo me sentí desdichado al principio, sentía también que me había convertido en el único propietario de las maravillas que deparaba la voz del abuelo. Esa voz que lucía un poco menos cadenciosa y más cascada, incluso quejumbrosa.
Viví como una injusticia que el abuelo se fuera de los cuentos sabatinos en los fríos inviernos antes de que la vida me llevara a mí a otros intereses u obligaciones como a mis hermanos. Un tiempo estuve enojado con su partida, se había ido muriendo desde que quedó solo conmigo. Fue mucho tiempo después cuando comprendí que hay caminos que no se eligen y otros que es necesario atravesar aun cuando los riesgos sean grandes. Y que casi siempre la ilusión de un niño se va trastocando en decepciones que se acumulan con el título de adulto bajo el brazo.
También me pongo a pensar qué sería de una infancia sin ilusiones, sin cuentos que la estimulen, sin estrellas con nombre ni territorios por descubrir. Es por eso que -en estos frescos días en que el otoño se va retirando hacia el norte, donde se recuesta el Sol- me hallo aprestando un par de troncos gruesos, algunas ramas y un manojo grande de chamizo antes de que mis propios nietos se impacienten o se duerman temprano sin sus cuentos ante el fuego.



Más (y mucho más interesantes) Cuentos ante el fuego en Molí del Canyer

viernes, 12 de enero de 2018

Reyes rayados

Quienes insisten en posar sus ojos sobre las líneas de este blog conocen sobremanera que su autor no se cansa de diseccionar los artículos publicados por el multiopinólogo Licenciado Emilio Notuyo en el periódico La Corneta, propiedad de su tía Irene Secarro -aduladora de toda clase de poderosos y famosos faranduleros de tres al cuarto- quien prohija a Notuyo como un diamante -u otra piedra- en bruto que pronto dara a conocer todo su potencial en algún área del conocimiento.
El polígrafo de marras expláyase sobre diversas temáticas, tantas que parece haberse convertido en el todólogo que todo lo ve y todo lo analiza.
En el número de hoy de La Corneta, debido a que el horóscopo de la astróloga Estrella Danunchoke ha tomado sus vacaciones, Notuyo se explaya para beneplácito de los correctores ortográficos que duplican su tarea.

-----------------------
Doxa. Columna de opinión del licenciado Emilio Notuyo
Reyes rayados
Para creerse uno rey debe estar rematadamente loco o gozar de una razón completamente turbada por emociones demasiado violentas. O, tercera posibilidad, no tener otra alternativa.
Claro, una cosa es ser el más fuerte de la tribu o clan -o destacarse por cierta sabiduría- y por ello imponerse a sus pares y no contento con ello disponerse a mil batallas al frente de sus súbditos con el fin de obtener recursos o ampliar fronteras con tierras más fértiles o agenciarse mano de obra esclava -como se ha procedido siglos atrás- para construir refugios, parapetos o acueductos.
Otra cosa es ser un inútil ramplón que hereda una corona de otros ramplones haraganes que ganan condecoraciones por ser hijos de alguien y cuya única virtud consiste en manifestarse ardientes partidarios de la ecología.
Es difícil explicar por qué países como España, Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Noruega, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Reino de Bélgica, Liechtenstein, Mónaco y Luxemburgo (por mencionar solo europeos) perseveran en esas formas arcaicas; sobre todo sería interesante oír de boca del propio monarca (todos son presentados como dechados de virtudes, así que no les sería difícil) una explicación coherente de por qué no arrojan por la borda ese bartulaje de la pretendida nobleza.
Sospecho que no tienen alternativa. Que aunque ninguno se gana el pan con el sudor -salvo reyes de Marruecos, Lesotho, Tonga o algún otro reino tropical- no pueden hacer otra cosa que ser tales, sobre todo porque la sociedad no soportaría la existencial angustia de reconocerse iguales, que a dios no le cabe reconocer su historia como sagrada y que como reza el adagio ajedrecístico: terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja.
Reivindico desde esta columna a Orélie Antoine de Tounens que fundó un reino de Patagonia y Araucania, el tipo estaba pirado. Pero al menos no decía que Dios lo eligió para ser mejor que los demás.
Reivindico a Maradona, un chiflado de aquellos, que supo emocionarnos a los argentinos hasta las lágrimas.
Reivindico a Ollantay -decididamente rayado- quien pretendió de la hija del inca Pachacutec, que no claudicó.
Reivindico a Bobby Fischer, otro locazo inigualable, que más que nadie percibió la mentira del imperio de yanquilandia.
Reivindico a todos los reyes locos declarados, quienes merecen mejores coronas que los architataranietos de quienes estuvieron en un campo de batalla.

-----------------------

Dejamos aquí la lectura. Notuyo nos pone en una incómoda posición de lectores cuya reposera tambalea. Sus análisis son difusos, como sus razones, pero hagamos de tripas corazón y confiemos en que nos obliguen a pensar. Mientras, seamos locos reyes del carnaval que nos espera en un mes.



Más (y mucho más interesantes) Cuentos Reales en LAZOS Y RAÍCES


miércoles, 3 de enero de 2018

El dije, te dije

Te dije lo del dije.
Que iba a traer problemas, eso te dije.
Eras de las que caminaban a paso firme aun con las baldosas flojas después de la lluvia. Seguirte era una aventura, ibas decidida, las veredas se arrellanaban cuando presentían que venías. Seguirte imponía la extraña obligación de desprenderse de toda pesadumbre, había que casi flotar sobre el suelo para poder enunciar esa resobada frase de caminamos juntos.
Llevabas la soltura como ese distintivo inequívoco y refulgente que me llevó algún día atrás a saber que no hubo ni habrá otra mujer en la tierra capaz de estallar mis ojos en colores de cartel de magical mystery tour. Y no llevabas collares ni anillos ni cadenas. Solo un par de aritos toroidales, diríase insignificantes, un poco tribales, como para dar a entender que una modesta vanidad puede ser un atavío dígno y precioso a la vez.
En el pelo, nada. O una cinta, un cordón, o algo que prestase utilidad cuando te disponías a leer, que era la obra más seductora de cuantas elegías pergeñar para tenerme en una apenas tensa expectativa sobre esos gestos insignificantes que no sé si planificabas, pero que siempre parecía que no.
Tomás algo que te encanta y caes en el encantamiento, tan así es. Y un encantamiento hace lo posible para mantenerte en ese estado, encantada. Se me ocurre que lo único que pretende un encantamiento en el caso de asignarle una voluntad es lo de mantenerte en ese estado donde quedan como retenidos algunos de los rasgos que se te hicieron naturales, precisamente por esa extraña voluntad externa que dejamos que someta a la interna.
Y tuvieron que regalarte ese dije. ¡Un dije! Un dije no es nada, tenga forma de mandala, crucifijo o pentagrama es un cachito de material con una forma caprichosa a la que la gente le asigna algún valor, a veces mágico, a veces depósito de nuestros deseos y anhelos, a veces algún poder protector. Te lo dije, no te hace falta lucir ese dije. En todo caso el dije se luce con vos, pero nada más. A vos no te suma nada, ni gracia ni belleza, lo que sería casi una tarea imposible.
Por supuesto, te lo colgaste -de lo contrario no estaría escribiendo estas desgarradas líneas- a minutos de que tus ojos vivaces lo acariciaran indeciblemente. Al principio, como en las pésimas películas de terror, no pasó nada. Solamente te vi llevar un par de veces la mano sobre el escote para notar si estaba allí lo que sabías que estaba. Farfullé para adentro que era la falta de costumbre y que ya iba a pasar, que un día te lo sacarías y chau pinela, no más metalitos sobre la piel. Tomaba distancia solamente para observar si la presencia del diminuto artefacto era capaz de engalanarte en algo, de aportar un brillo, de destacar tu figura. Nada.
Una noche de esas que ansiábamos compartir a solas me pediste que tenga cuidado con mis caricias -confieso que no soy precisamente un terciopelo en cuestiones de la pasión- porque podía hacer caer el dije. Tuve que moderarme en algo que días atrás dejábamos fluir en complicidad riente.
A la semana elegías la ropa para que combine con el dije. Yo, que adoraba esa libertad que era tu olor y aura, que te ponía por sobre lo que te vestía, te sentí un poco acotada, embretada por lo que el maldito dije decía y ordenaba.

Con qué necesidad toma uno algo que no necesita, me preguntaba.  Hay que acordarse de quien fue uno, para luego aprestarse a reconocer quien ya no es. Y por supuesto, qué queda de lo que uno fue. Te lo advertí, en uno de esos escasos momentos clarividentes de mi vida. Pero no, vos vas y metés la cabeza en las fauces del bicho. No sin sentido se dijo siempre eso del poseer. Uno posee las cosas que lo poseen.

Así fue y así lo cuento, para que escriba quien puede, para que escriba mi hermana -a quien tanto debo y deberé- ya que ella es mi voz y mi letra desde el día que entre el dije y yo no quedó más (irremediablemente, creo) que una elección. Y la hiciste. Hundiste mi pupila izquierda con la colita del extraño símbolo que no decía nada pero punzaba tu ánimo. No alcancé a cubrirme el ojo herido que sentí la misma puñalada en el otro.
Hoy no recuerdo tu belleza, solo martilla mis cuencas huecas ese simbolito inocente del dije que -te lo dije- no te era necesario.



Aporte para los relatos jueveros. Invitado por El Demiurgo de Hurlingham
Más relatos con giros inesperados en Desgranando momentos

sábado, 30 de diciembre de 2017

Un credo

No creo en el destino bajo ninguna de sus formas.
No hay universo al que se le ocurra conspirar en mi favor. No. No me consuelan las decisiones ajenas.
No hay hilo rojo ni energías astrales favorables. Cáncer -triste grupete de estrellitas modestas- no me depara nada (ni siquiera penas) ni el cangrejo marcha atrás por nuevas oportunidades de rehacer lo malhecho.
No está escrito lo que viene: ni la pronta muerte ni la inopinada vida ni la fortuita fortuna.
No creo en sentirse bien. No creo en liberarse de los pesos.
No creo en el hombre, no creo en la mujer. Menos en quien se erige como algo.
No creo en un dios de lo alto ni en la energía suprema ni en el principio de atracción.
No creo en las medallas, los daños, las cadenas.
No creo en la santidad de los animales versus la maldad de la gente.
No creo en el traje y la corbata.
No creo en la dignidad de los cargos, ninguno. Ni creo que las fronteras delimiten dignidad.
No creo que la mayoría tenga razón. Solo es mayoría.

Creo, sí, en mis hijas con devoción. En el calor moreno de tus formas. Creo en tus ojos y en tu voz que todo lo crea.
Creo en las canciones de los Beatles, creo en la historia y en el genial invento de los libros.
Creo en las manos de mi viejo y el don de mi madre.
Creo en el canto y la poesía. Y en el que quiere cantar.
Creo en el mate.
Creo en el cielo que me besa en el Champaquí. Y creo en el dolor.
Creo en las cicatrices y en el peso que llevan mis hombros.
Creo en el parto, la flor y en gambetear a la muerte cuando ronda.
Creo en lo que hacemos entre todos. Creo en las mujeres y los hombres. Creo en las comunidades.
En mis errores, en mis pecados y mí como tierra que camina.

Me gusta creer en un dios que acompaña, que está, en un yavé de manos gastadas (manos de mi viejo y don de mi madre a la vez).
Me gusta creer en una tierra abonada por generaciones de seres que sabían que iban a morir y que iban a morir sus hijos y los hijos de sus hijos y aun con la muerte como horizonte dieron más vida.
Me gusta creer en la gente que no desprecia al diferente ni al desfavorecido.
Me gusta creer en los que elijo como compañeros de viaje. Y tal vez en los tercos que me eligen.
Me gusta creer -por fin- en la esperanza, esa porfiada actitud de espera aferrando la lanza para hacer que las cosas sucedan, aun -y más- cuando sabios y poderosos recomienden sentarse a mirar lo fatalmente ineluctable.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Gente ignota: Chappe IV

continúa de Gente ignota: Chappe I,  II y III


1800: - ¿A qué se debe la visita de tan importante dignatario, monsieur Charles Maurice de Talleyrand?
- Por fin conozco a Claude Chappe, el genio que ha permitido interconectar los puntos neurálgicos de Francia. ¿Mi visita? Ya verá... mientras cuénteme de este maravilloso sistema, s'il vous plaît.  
- Como ve, este diseño consta de dos brazos -llamados indicadores- con contrapesos conectados por un travesaño que se llama regulador. Cada brazo tiene siete posiciones y el travesaño cuatro. En total, puede adoptar 196 posiciones. Con ello podemos transmitir alfabeto en mayúsculas y minúsculas, números, signos de puntuación y distintas señales de servicio para pasar información adicional.
- Muy ingenioso, Chappe. Pero no deja de ser un sistema frágil.
- Es preferible un sistema frágil a ninguno.
- Quizás... Aunque demandará mucha mano de obra. A dos operarios cada 15 kilómetros, se tiene unos 80 operarios por cada 600 kilómetros de líneas. Eso sin contar mantenimiento y capacitación. Enseñar todos esos códigos demandará demasiado tiempo.
- No se equivoque, monsieur Talleyrand. La capacitación es mínima. Solamente en los extremos de las líneas hay que capacitar fuertemente. Sin embargo, en las estaciones intermedias -que son la mayoría- los operarios no deben conocer los códigos, solo reproducirlos en sus manivelas y asegurarse por medio del telescopio que el mensaje llegue.
- Digame una cosa, Chappe, ahora que nadie nos escucha...
- Oigo.
- ¿Cree usted que los franceses son tontos?
- Para nada, monsieur Talleyrand.
- Entonces, ¿cómo cree que tomaremos el modo en que usted copió este sistema de comunicación a otros países?
- ¡Eso es mentira!
- ¡Ja! No se ponga nervioso, Chappe. Francia hará uso igual de sus servicios, aunque su fama caiga en la peor de los pozos y tal vez sus ahorros si las demandas arrecian. El Primer Cónsul Bonaparte está al tanto de todo y se interesa por su sistema. Pero hay poderes que trascienden las fronteras y la república está en peligro, esta vez por su culpa.
- ¿Por mi culpa? Pero... ¡es injusto! ¿Quién ha sido capaz de semejante..?
- Usted se ha relacionado con gente no demasiado recomendable, como Brèguet, Miot de Mélito y otros.
- ¡Esos tipos están en otros países!
- Es lo que quería escuchar. Alguno de ellos le trae información y usted la vende al gobierno, estamos seguros. No olvide que soy un diplomático recibido en todas las cortes y me manejo allí como pez en el agua...
- ¡Por el contrario! Si mi sistema se asemeja a otros es porque de alguno de ellos se llevó al exterior mi creación.
- Deberá demostrarlo. Siendo así, usted puede haber vendido secretos de Francia. En cualquier caso, sépase sospechado.
- ¡Ough! Otra vez, mi cogotito...

Talleyrand
1804: - Bienvenido a mis aposentos de Gran Chambelán, monsieur Chappe. Lo esperaba.
- Monsieur Talleyrand, yo...
- Cht, cht, nada de Talleyrand, se dirigirá a mí como Príncipe de Benevento.
- ¿Pr... príncipe?
- Soy el segundo al mando de toda Francia que se unificará bajo el poder de Napoleón Bonaparte. Pronto será el Emperador de todos los franceses.
- ¿Emperador? ¿No luchamos tanto por consolidar la república?
- Ah, la república, la república, bella e inspiradora ficción para el populacho...
- Glup... creo entender... monsieur Príncipe....
- Al grano. Lo llamé para agradecerle sus servicios a Francia. Llevamos más de 1500 kilómetros de líneas de su telégrafo. Y pronto habrá miles más. Los planes de Napoleón son ambiciosos, para el bien de nuestra nación, claro.
- Es tarea de mis hermanos...
- Sus hermanos trabajan a destajo para extender las líneas por todo el territorio. Son fieles, mano de obra calificada que cumplen su tarea impecablemente. Ellos no nos preocupan...
- Le agradezco, mamá estará orgullosa de ellos. 
- El que nos preocupa es usted...
- ¡Glup!
- Es demasiado inteligente como para confiar en su lealtad. Le recomendamos un descanso.
- Gracias, mi Príncipe de Benevento, pero descansaré en mi tumba, cuando me llegue la hora. Tengo muchas ideas por concretar.
- No diga sandeces. Dispondrá de un hotel en París, cómodo, con lo que solicite. No viajará mucho, no se relacionará con gente extraña, no hará más diseños ni jugando. Por su salud, claro está. Me han informado que lo tienen a mal traer algunas dolencias del... ejem... cuello, que podrían agravarse. Espero sepa entender que queremos cuidarlo.
- ¡Ough! Otra vez, mi cogotito...

23 de enero 1805: - Monsieur Chappe, ¿paseando por los jardines?
- Así es. Sébastien. De paso superviso las obras de este profundo pozo para depósito de las heces de los numerosos visitantes del hotel.
- Es impresionante, ¿vio? Las técnicas de excavación que nos hicieron llegar y aprendimos son asombrosas.
- Jajaja, ¿cómo les llegaron?
- El mayordomo nos las alcanzó. ¡Cuánto ingenio! Deben provenir de un gran inventor.
- Tal vez... a lo mejor no esté muy lejos ese inventor.
- ¿Usted..?
- Shhh... Me hace bien usar la cabeza más que para deprimirme. La inactividad, las demandas de los poderosos que plagiaron mis trabajos y las sospechas de los cortesanos tratan de arrojarme a un profundo pozo depresivo.
- A propósito, hay nuevas misivas. Debe presentarse con urgencia ante el Gran Chambelán y Príncipe de Benevento.
- No caeré en las manos de ese manipulador que tiene a Bonaparte como títere, Sébastien.
- Si no lo hace lo guillotinarán, monsieur Chappe.
- Sébastien, mi familia disfruta de una considerable fortuna. Mi madre es una dichosa anciana que ve cómo sus hijos medran y progresan por el bien de Francia. Mi invento más preciado ha resultado de una utilidad imposible de medir. Francia dispone del más perfecto sistema de comunicaciones creado jamás. En menos de un cuarto de hora, las noticias llegan a París con una precisión notable. Debo sentirme dichoso de que los míos disfruten de mi creación. Si mi vida es el costo, bien habrá valido el sacrificio.
- Bueno, tampoco sea tan tremendista. Es solo una entrevista con Talleyrand...
- No sucederá, Sébastien.
- ¿Piensa huir? ¿A otro país? 
- No, me hundiré en el pozo depresivo para no volver.
- ¿Tomará alguna pócima?
- No. Tomaré este pozo próximo. Adiós.

1812: - Pase usted, Chappe. ¿Cuál de los hermanos es usted?
- Abraham, monsieur Emperador.
- Bien, usted y sus hermanos han prestado un enorme servicio a Francia.
- Solo hemos desarrollado los diseños geniales de mi infortunado hermano Claude.
- ¿Infortunado? Oh, qué contrariedad, nadie me notificó... Aunque quedan usted y sus hermanos, los verdaderos hacedores. 
- Pero...
Telégrafo de campaña
- Calle, no tengo tiempo. Las líneas del telégrafo ya cubren más de 5000 kilómetros, adentrándose en Italia, Bélgica y Holanda. Y la experimentación con enormes torres para sortear el Paso de Calais va muy bien. Necesito con urgencia que desarrolle un telégrafo de campaña para nuestro avance en Prusia Oriental y Rusia.
- Pero... sin Claude...
- ¡Calle! Contrate expertos que lo ayuden, a costa de su fortuna, que ha hecho con los fondos de todos los franceses.
- Sí, mi Emperador, se hará.

Década de 1830: - René, nuestras arcas están llenas, pero nuestro sistema telegráfico se utiliza cada vez menos. El gobierno se desentiende por los altos costos de sostenerlo. Pronto los gastos superarán a los ingresos y ya perderá interés.
- Tengo una idea, Abraham, la vengo madurando. ¡Usémoslo para transmitir información que interese a la gente común! ¡Basta de estados y emperadores megalómanos!
- ¡Ja! ¿Y qué vas a hacer, René? ¿Pasar pronósticos del clima? La gente no se interesa por nada más que por salvarse con la lotería.
- Diste en el clavo, Abraham. Pasemos resultados de lotería. Proveeremos distribución y comunicaremos resultados de lotería.
- Buena idea. Pero te comunico otra novedad.
- ¿Cuál? ¿Otra revolución en ciernes?
- En cierto modo, René. Se viene la telegrafía eléctrica. Entre los trabajos de Oërsted y un muchachitos inglés llamado Faraday han desarrollado tanto el electromagnetismo que será inevitable el reemplazo de nuestro sistema por uno eléctrico.
- ¡Como lo proponía Claude hace cuarenta años!
- Claude... ¡cómo lo extraño, René! Siempre pienso que nos convertimos en ricos empresarios a causa de su genialidad. Genialidad de la que nunca pudo disfrutar, siempre acosado por los políticos chupasangres y por sus propios temores.
- Los genios como Claude -Abraham- no son para este mundo.
- Te equivocas, René, nuestro mundo funciona y progresa con la desgracia de muchos. Algunos a causa del hambre. Otros a causa de su genio. El porvenir dirá si estoy en lo cierto -y ojalá no lo esté- en ese caso el mundo hablará de Claude Chappe como el más ingenioso inventor de comunicación humana en tiempos donde los poderosos se encargaban de callar a los molestos con la guillotina.
Monumento en París
FIN

NOTAS

1800: Talleyrand, influyente acomodaticio francés, hace saber a Chappe que su telégrafo es similar al de otros países y lo presiona con sospechas de plagio, aun cuando el sistema de Chappe es siempre un paso más evolucionado que los demás a pesar de crearse antes. Las intrigas palaciegas y sobre todo las azuzadas por los grandes poderes comerciales lo empujan a la depresión.

1804: Talleyrand maneja el poder desde las sobras posicionando a Napoleón y sembrando dudas e intrigas sobre los intelectuales o destacados en áreas de la cultura. Parece ser que recomienda a Chappe no moverse demasiado. Un hotel de París será su residencia. El sistema ya conecta París con las principales ciudades de todo el país.

23 de enero 1805: Abrumado por la depresión y por las acusaciones de plagio de los poderosos que fueron beneficiados por su asombroso sistema de comunicación, se suicida arrojándose a un pozo en el mismo hotel en que residía.

1812: Napoleón encarga a Abraham Chappe un sistema de telégrafos portátiles para utilizar en las campañas de guerra en Oriente. A su vez encarga a Abraham intentar comunicar a través del Paso de Calais (unos 30 km) con torres altas o posibles torres intermedias con barcos. Los ensayos son positivos, pero la tensión bélica obliga a postergar las experimentaciones.

Década de 1830: El sistema comienza a decaer por los costos de mantenimiento y el desarrollo del telégrafo eléctrico, que luego lo sustituyó por completo dando lugar a la era de las comunicaciones basadas en el electromagnetismo. Los últimos usos que figuran en las crónicas refieren a la comunicación de resultados de las loterías francesas.

lunes, 16 de octubre de 2017

Gente ignota: Chappe III

 continúa de Gente ignota: Chappe I y II


julio de 1793: - Messieurs de la Convention Nationale: celebramos con júbilo los cuatro años de nuestra revolución. Celebraremos modestamente con los siguientes eventos, bla, bla, bla...
- Ignace, esto está más aburrido que pellizcar un vaso.
- Calla, Claude, quizás por una vez la Convention...
- ...bla, bla, bla, además se armarán los siguientes regimientos en defensa de la Convention, bla, bla, bla...
- Lo único que les interesa es la guerra con España, cazar a María Antonieta y vengar la muerte del gran Marat a manos de Charlotte Corday, quien seguramente será guillotinada en estos días.
- Shhh, Claude, no seas necio, toda palabra puede ser contraproducente.
- ... bla, bla,... disponer fondos y exigir la prueba crucial al telégrafo que los hermanos Chappe presentaron a la Asamblee, poniendo la salud de Claude Chappe como garantía y bla, bla, bla...
- ¡Bravo, Claude! ¡Haremos la gran prueba!
- ¿La... grap... prueba..?
- ¡¡Síiii!! ¿No estás feliz?
- Pero... si falla, glup... mi cogotito...
- Pamplinas, Claude, saldrá bien.
- Claro... total tu cabeza no está en juego.
 - No te preocupes, tomaré la precaución de avisarle a mamá si sucede alguna falla. Ah, y le mandaré a Brèguet el recado que le prometiste. 
- ¡Ough!


agosto de 1793: - Señor Inspector de la Convention, nos encontramos en esta localidad cercana a Paris: Ménilmontant de Ecouen, para probar mi novedoso y eficiente telégrafo.
- ¿Qué es esta torre con esos artilugios encima? ¿Un ajedrez gigante?
- Nada de eso, estúp... ¡ouch! 
- (Shhh, recuerda tu marote, Claude.)
- (Ups, cierto, Ignace) Nada de eso, estupendo Inspector. Es una de las terminales de nuestro telégrafo.
- Ah, ¿y la otra?
- No la localizará a simple vista.
- ¡¿Cómo es eso?! ¿Qué artimaña..?
- Mire por este telescopio. ¿La ve?
- Está lejísimo. ¿Dónde la ubicó?
- En Saint-Martin-du-Terre a unos once kilómetros. Allí está mi hermano menor Abraham.
- ¡A la merde! Basta de palabrerío. ¡Que empiece la prueba! Envíe este mensaje: "¡Viva la Revolución! ¡Mueran los realistas y los ineptos!"
- Nada más sencillo. Cada letra, número o signo está codificado según una posición de las paletas superiores. Gracias al excelente mecanismo de Brèguet, mi hermano René debe sencillamente mover las manivelas en la misma posición en que desea que queden las paletas superiores. Y observar por el telescopio que en la torre siguiente se repita con precisión.
...
- ¿Ya está?
- Ya está. Puede enviar a un jinete de su confianza a verificar si se recibió correctamente.
- Enviaré a Armand, mi fiel ayudante.
...
¡Troco troc, troco troc, troco troc!
- Armand, trae rápido ese mensaje a ver si llegó bien.
- Sí, por favor, dígame qué recibieron allí. Muero de ansiedad.
- Es mejor que la guillotina, Chappe.
- ¡Glup! ¿Qué dice ese papel?
- Dice "¡Biba la Rebolusión! ¡Mueran los realistas y los hineptos!"
- ¡Malditos analfabetos! ¡Juegan con mi cabeza!
- Veremos qué dice la Convention, me basta con esto. Preséntese en una semana.
- Grap.

septiembre de 1793: -Messieurs, la Convention Nationale ha encontrado algunos inconvenientes en el telégrafo de los hermanos Chappe, aquí presentes...
- Uy, soné...
- ..que se pueden solucionar enseñando ortografía a René y Abraham Chappe. Por lo demás, considera que el sistema es excelente y que servirá para enviar mensajes a distintos puntos de Francia. Se otorga el título de Ingénieur Thélégraphe a Claude Chappe. Y sus hermanos serán responsables de construir la línea de comunicación de París a Lille -distante unos doscientos kilómetros- con los recursos financieros del estado francés. Se insta a Claude Chappe a diseñar bajo responsabilidad financiera, de materiales y mano de obra de esta Convention todos los perfeccionamientos que fueren necesarios.
- ¡Avant, Chappe, cogote a salvo!

mediados de 1794: - Chappe, usted nos está estafando.
- Sería incapaz de algo así, señor Inspector.
- Entonces, ¿por qué no ubica torres a veinte o treinta kilómetros unas de otras, dado que disponemos de telescopios tan potentes como para observar la Luna, tan lejana como está?
- Por una sencilla razón, monsieur Inspector.
- ¡Ja! Ganancias, trabajo para sus amigos, prebendas... todo a costa del estado.
- No. La Tierra es redonda.
- Eso dicen. Pero... ¿y eso qué tiene que ver?
- A más de quince kilómetros las torres se ocultan debajo del horizonte debido a la redondez del planeta.
- ¡Grap! Era en broma, claro, jejeje. Cambiemos de tema. Le tengo una buena noticia: avisaron desde Lille la captura del Condé-sur-l'Escaut, en sus cercanías.
- Bueno, para eso es mi sistema, para comunicar novedades.
- Lo que no le dije es que en París se enteraron en menos de una hora del suceso. ¡Su sistema es formidable! Con comunicaciones tan rápidas, Francia será invencible.Apenas se producen novedades, de inmediato pueden disponerse recursos para hacerles frente. ¡Extenderemos su sistema a todas las fronteras! ¡El mundo hablará de usted en la posteridad!
- Sí, me imagino, como el gran Cugnot, que no se sabe si vive o no, exiliado en Bélgica.
- A diferencia de ese Cugnot, disfrutará de riquezas para usted y su familia si triunfa definitivamente la Revolución.
- Es todo lo que deseaba, que mi madre no sufriera apuros.

octubre de 1795: ¡Tump! ¡Tump!
- ¡Eh! ¡Deje de golpear esa puerta con tanta violencia!
- ¡Déjeme entrar! ¡Francia lo requiere!
- Diga usted en qué bando está.
- En el bando de la Convention. ¡Los realistas atacan las Tullerías y estoy organizando una defensa!
- Pase usted, monsieur. Todo revolucionario es bienvenido en casa Chappe, pero prometa que se retirará enseguida. Aquí necesitamos todo el tiempo para nuestro proyecto.
- Lo haré, tan pronto como pueda. Mercí. Me encargaron armar un regimiento en defensa de la Revolución y la Convention. Tengo unas piezas de artillería a pocos metros de aquí, necesito organizar todo con Murat en un ambiente de paz. Pero... ¿qué son todos estos planos? ¿Armas?
- No, monsieur, un telégrafo.
- Un tele... ¿qué?
- Un telégrafo. Lo estoy perfeccionando. Ya es capaz de enviar mensajes a doscientos kilómetros en menos de una hora.
- ¡No lo creo! ¡Está delirando!
- Mire, este es el diploma de Ingénieur Thélégraphe que me otorgó la Convention.
- ¿Así que esto funciona? ¿Y podría extenderse a toda Francia?
- Claro que sí. Mi hermano Abraham está diseñando, con mi guía, las líneas que algún día serán el orgullo y la mejor arma de Francia. 
- ¡Fantástico! Ya nos veremos, si tengo éxito en mi empresa. Me interesa. Dejo un documento con mis datos. Páselo a su hermano.
- Muy bien, ¿de parte de..?
- De Nabulione di Buonaparte, pero ya que Córcega ahora es francesa me dieron ganas de adaptar mi nombre al idioma nacional.
- Ojalá tenga éxito en la defensa de la Convention, monsieur, los ignotos como nosotros acabamos siendo el sostén de la Revolución. ¡Vive la France!
- ¡Vive!

[continúa y finaliza en la próxima entrada]

NOTAS

 julio de 1793: La Convention dispone la prueba del sistema de Chappe entre dos estaciones distantes 11 km. Uso kilómetros priorizando la claridad de concepto, dado que aún el sistema métrico se encontraba desarrollándose. Sucede poco tiempo después del ajusticiamiento de Luis XVI y a pocos días del asesinato de Marat, héroe de la revolución.

agosto de 1793: La prueba resulta exitosa. Aunque el sistema depende de la buena visibilidad y funciona solo de día, llama la atención del gobierno más como promesa que como realidad, dado que las dificultades técnicas son enormes.

septiembre de 1793: La Convention otorga honores y recursos a Chappe. Él se dedicaría a pensar los sistemas y sus hermanos a construirlos. Va diseñando nuevas codificaciones con el fin de otorgar fidelidad a los mensajes.

mediados de 1794: La línea de París a Lille resulta tan exitosa que se le otorga prioridad entre los asuntos de la Convention. La toma de Condé-sur-l'Escaut y su comunicación a París en menos de una hora resulta asombrosa. Aunque las contrarrevoluciones de los realistas y las rencillas entre jacobinos y girondinos hacen peligrar la Revolución, los Chappe siguen sumergidos en su proyecto.

octubre de 1795: Los contrarrevolucionarios protestan armados en las Tullerías. Se le encomienda a Napoleón Bonaparte -un desconocido general jacobino- la defensa. El triunfo en defensa de la Convention lo convierte en una figura respetable y comienza a destacarse. La visita a la casa Chappe es ficcionada, pero útil para poner en contacto a Napoleón con Abraham Chappe, quien luego extendiera el sistema por toda Francia.